O Lumen: volver a la fuente para encender la luz
Del 25 al 27 de septiembre, Ávila nos regaló tres días de encuentro, formación, oración y convivencia en torno al O Lumen Ecclesiae. Hermanas y hermanos de las Fraternidades Laicales de la Provincia de Hispania, junto a algunos miembros de las fraternidades del Vicariato del Rosario, nos reunimos en el CITeS para volver a la fuente, mirar nuestra vocación dominicana con nuevos ojos y, sobre todo, seguir caminando juntos.
Hay lugares que parecen predispuestos al encuentro. Ávila es, sin duda, uno de ellos. A lo largo de la tarde del viernes fuimos llegando al CITeS, con la alegría de volver a encontrarnos y también con la ilusión de poner rostro a quienes venían por primera vez. Nos acompañó durante estos días fray Alejandro López Ribau, OP, asistente religioso de la Fraternidad de Barcelona.
Después de la acogida y de la cena, nos reunimos para comenzar juntos. La Delegada Provincial de Formación, Inmaculada Bautista dio la bienvenida, presentando el sentido del encuentro y compartir con todos la propuesta formativa preparada con tanta ilusión desde el Equipo de Formación: Micaela Bunes, Ignacio Jáuregui, Montse Palet y Álvaro Devís. Echamos de menos a fray Félix Hernández, OP, Promotor Provincial, que no pudo acompañarnos presencialmente, pero pudimos contar con él a través de una conexión por videoconferencia. Sus palabras de cercanía y su invitación a vivir estos días con profundidad nos hicieron sentir su presencia en este encuentro con nosotros.
Y así comenzó nuestro O Lumen.
Una antigua oración que sigue teniendo mucho que decirnos
El sábado amaneció con Laudes y la celebración de la Eucaristía. Después del desayuno llegó el momento de adentrarnos en el corazón del encuentro: una antífona que conocemos y rezamos, pero que quizá necesitábamos volver a escuchar con calma.
Luz de la Iglesia, doctor de la Verdad, ejemplo de la Paciencia, ideal de la Castidad, hombre que ofrece gratuitamente el agua de la Sabiduría y predicador de la Gracia.
Palabras antiguas que siguen siendo profundamente actuales. Palabras que hablan de Santo Domingo, pero que también nos ponen delante un espejo y nos preguntan qué estamos llamados a vivir hoy.
Durante la jornada nos acercamos especialmente a cuatro de estas dimensiones: Luz, Verdad, Paciencia y Castidad. Nos dividimos en grupos y comenzamos a conversar, a escuchar, a preguntarnos y también a compartir desde nuestra propia experiencia.
¿Dónde estamos llamados a ser luz?
¿Qué verdad necesitamos buscar y anunciar?
¿Qué paciencia necesitamos cultivar?
¿Cómo estamos llamados a vivir nuestra vocación con un corazón entregado y unificado?
No buscábamos respuestas perfectas. Buscábamos caminos. Y quizá ahí estuvo una de las mayores riquezas de la jornada: descubrir que, detrás de nuestras diferentes realidades, hay preguntas que nos unen y un deseo común de seguir creciendo en nuestra vocación como laicos dominicos.
Por la tarde pusimos en común lo trabajado. Escuchar a los distintos grupos nos permitió descubrir matices, experiencias y miradas diferentes, pero también comprobar cuánto tenemos en común. La formación se convirtió así en diálogo, y el diálogo en fraternidad.
Y después llegó también ese tiempo que no aparece en ningún programa, pero que resulta imprescindible: la conversación tranquila, la risa compartida, el conocernos un poco más. Porque una fraternidad no se construye solamente en las reuniones o en los momentos formativos. También se construye alrededor de una mesa, en un patio, en una conversación inesperada o en ese abrazo que hace que alguien deje de ser un desconocido para convertirse en hermano.
Ávila, un regalo de Familia Dominicana
El domingo continuamos nuestro encuentro fuera del CITeS. Visitamos la capilla de Mosén Rubí, donde las Dominicas Misioneras del Rosario nos acogieron con una enorme cercanía. Nos enseñaron su capilla, el Cristo de las Batallas y el monasterio, y nos regalaron una estampa y un cordón pasado por el Cristo. Un gesto sencillo que muchos guardaremos como recuerdo de aquel encuentro.
Después nos dirigimos al Real Monasterio de Santo Tomás. Allí fuimos acogidos por los frailes dominicos, que nos acompañaron en la visita a sus claustros, a la iglesia y al museo de arte asiático.
Celebrar después la Eucaristía juntos, presidida por fray Alejandro, en aquel lugar tan lleno de historia dominicana, fue una manera preciosa de cerrar estos días. Nos sentíamos parte de una Familia que tiene una historia que recibimos, pero que también estamos llamados a seguir construyendo.
Después del almuerzo llegaron las despedidas. Siempre hay algo de nostalgia cuando termina un encuentro que se ha vivido con intensidad. Pero también había alegría. La alegría de haber compartido, de haber conocido nuevos rostros, de haber reencontrado a otros y de regresar a nuestras fraternidades con algo que llevarnos.
Volver a la fuente para encender la luz
Quizá eso haya sido Ávila: volver a la fuente para recordar quiénes somos, agradecer la luz que hemos recibido y preguntarnos cómo podemos hacerla llegar a otros.
El O Lumen nos ha acompañado durante estos días, pero no queremos que se quede en Ávila ni en las páginas de una antífona. Queremos llevarlo a nuestras fraternidades, a nuestras familias, a nuestros trabajos, a nuestras comunidades y a cada lugar donde vivimos nuestra vocación.
Porque la luz recibida no es para guardarla.
Es para compartirla. Para iluminar nuestros caminos. Para ayudar a otros a descubrir la Verdad, la esperanza y la alegría del Evangelio.
Y quizá ese sea el mejor modo de seguir caminando juntos: regresar a nuestras fraternidades con el corazón un poco más lleno, la mirada renovada y el deseo de que aquello que hemos recibido en estos días pueda convertirse, también en nosotros, en luz para los demás.


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